domingo, 8 de julio de 2012

La bella, la bruja y el loco

Un día, el idiota más grande del mundo hizo algo que nadie más: se enamoró. Al desconocer lo que sentía, empezó a enloquecer. Miraba a la persona que amaba a la distancia sin poder acercarse a ella, sin poder tocarla, sin poder olerla, sin poder abrazarla, sin sentir su calor, sin poder besarla y sin poder amarla. Fue tanta su desesperación que fue descubierto por alguien más viejo que él, quien lo interrogó y se dio cuenta de que estaba loco de amor.


El otro hombre lo aconsejó, pero solo lo confundió más. Confundido, se acercó a la persona de quien se había enamorado. Ella era hermosa; aunque sencilla, tenía un carisma muy peculiar. Bondadosa y alegre, se pasaba los días trabajando y soñando, ayudando al necesitado y a uno que otro animalito abandonado. Todo eso había seducido a nuestro idiota, quien en alguna época fue alguien más, alguien a quien no se le hubiera podido llamar idiota.


Cuando él se acercó a la hermosa chica, ella le entregó su amistad, y él, de buena fe, la aceptó. Su locura se contuvo durante unos días; sin embargo, cada cosa que la bella chica hacía lo conmovía más y más, transformándolo en alguien que pocos conocían, y los que lo conocieron ya no estaban para contar sus hazañas.


Nuestro idiota vivió en el olvido durante varios años, ocultando su presencia, ocultando su tristeza, incluso de sí mismo. Un poco de bondad lo había enloquecido, y ahora lo estaba curando.


Él prestaba atención a cada palabra, a cada gesto, a cada canción que provenía de la hermosa chica, y, aunque inteligente, no comprendía lo que ella decía. Un día, desesperado por aprender y entender sus palabras, salió de la ciudad a buscar comprensión. Lo que encontró fueron recuerdos de sí mismo, y la locura lo invadió de nuevo, con una diferencia: ahora sabía lo que quería y lo que sentía.


Durante algunos días, vagó entre sus recuerdos, entre sus sueños olvidados. Una canción eterna, en lo más profundo de su alma, volvía a escucharse, y él empezó a cantarla. Decidió volver junto a la hermosa chica que amaba para mostrarle que ahora la entendía y que también la amaba.


Al regresar, no la encontró. La buscó durante días, y cuando al fin la vio, notó un brillo distinto en sus ojos, y por ello no tuvo el valor para confesarse. Los días pasaban, y no encontraba el momento de expresar sus verdaderas intenciones. Así transcurrió el tiempo, hasta que un día su locura se desbordó y decidió huir para no dañar el corazón de tan hermosa mujer.


Pasó días encerrado, aislado del mundo, aprendiendo a dominar su locura... o al menos creyó dominarla. Salió a buscarla una vez más. Cuando la encontró, otra vez le faltó la fuerza, el valor para ser sincero y decirle cuánto la amaba. También sabía que debía contarle todo, y quizás eso era lo que más lo paralizaba en cada intento.


Tuvo tantos intentos fallidos que sintió la muerte en su interior. Desesperado, buscó ayuda en cada persona que encontraba, y pasaba menos tiempo con la hermosa chica que amaba.


Fue entonces cuando recibió noticias de una vieja amiga: una bruja que, después de haberse ocultado durante largo tiempo, volvía a aparecer a la luz del día. Era una bruja de gran poder; a su voluntad, podía hacer que uno se retorciera de dolor sin siquiera tocarlo. Ella había sido compañera de nuestro hombre durante los entrenamientos de su juventud. Incluso le había enseñado a usar ese poder, un arma de doble filo.


Por un lado, ese poder le permitía defenderse y atacar simultáneamente a cualquiera que no lo comprendiera ni supiera desviarlo. Parecía el arma perfecta: rápida, invisible y eterna. Por otro lado, contaminaba el espíritu, enfermándolo con penas, ahogándolo en tristeza, cargando el dolor ajeno y condenándolo a una muerte sin amor.


El espíritu de su vieja amiga bruja había sido contaminado por el uso de ese poder y por este mismo nuestro idiota la encontró, al sentir su dolor.


(inconcluso)


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