jueves, 20 de febrero de 2025

Cómo enfrentar el bullying

De niño, sufrí bullying. Era introvertido, inseguro, muy sensible, temía a un regaño, tenía amigos no muy agradables y, para colmo, tengo dislexia, lo cual era un enorme reto para mí en aquella época, ya que hacían competencias en clase y yo era el último en todo. Cuando estaba en cuarto año de primaria, mi padre casi pierde la vida a causa del crimen organizado; este hecho se nos disfrazó como un robo automovilístico a mis hermanas y a mí. Cuando mi padre se recuperó, nos mudamos de ciudad.


En esta nueva ciudad, nuevamente me hacían bullying, pero había algunas diferencias importantes: hice un verdadero amigo. Sabía que era mi oportunidad para una nueva vida y me encontraba en contacto con la naturaleza. El último día de sexto de primaria colmaron mi paciencia y enfrenté a la salida al bravucón, quien, para mi sorpresa, era un cobarde y torpe peleando. Lo vencí sin necesidad de golpearlo y lo sometí en el piso sujetándolo de un solo dedo. Un montón de niños nos rodeaba y fue entonces cuando me di cuenta de que toleré mucho tiempo a este idiota pudiendo haber acabado con su acoso hace mucho tiempo.


A partir de este momento empecé a defenderme siempre que era posible; sin embargo, en secundaria me vencieron y perdí confianza, pero luego cobraba venganza. En una ocasión, aprovechándome de mi fama de ser bien portado, saqué el gel de cabello de un bravucón y lo vertí en su silla. Cuando regresó al salón, se ensució el pantalón y nadie supo nunca que fui el culpable.


En algún punto se reveló la verdad sobre lo que le pasó a mi padre y fui nuevamente consciente de que tenía que aprender a defenderme. En preparatoria, una vez más me hacían bullying, pero con grandes diferencias: les arrebataba sus celulares, los dañaba y me lloraban por la reparación. Me lanzaban cosas; se echaban a correr y al no poder alcanzarlos pedía ayuda a amistades que los sujetaban por la espalda y ya solo los intimidaba. En otra ocasión, me retaron a meterme en un tambo de basura y si lo hacía me daban $200. Yo fingí que quería ver el billete para comprobar si era real y en ese momento se los arrebaté y lo guardé en mi ropa interior. Durante una hora, cinco idiotas no sabían cómo recuperar el dinero; para colmo de ellos, en un intento de tomarme por la espalda le di un buen cabezazo a uno en la nariz. Al final se involucró la dirección y fue así como recuperaron el dinero... fue muy gratificante ese día.


En la universidad, aunque no recibí bullying, sí hubo un idiota al que tuve que estampar con fuerza en la mesa y otro que medía dos metros y era todo musculoso que me quería quitar el pupitre. Nunca le iba a poder ganar, así que escupí en el pupitre con la intención de causar asco; dicho y hecho, me dejó mi pupitre y yo solo limpié mi saliva.


Mi consejo para todos los que sufren bullying es que todos tenemos dos versiones: el YO débil y el YO fuerte. Sigo siendo quien era, pero con valor y fuerza; sí cambié y me gusta el cambio. Volverme fuerte fue la mejor decisión de mi vida. Sé que los tiempos y la agresividad de algunos pueden ser mayores que con quienes me enfrenté, pero afortunadamente pueden aprender artes marciales: karate, kenpo, etc., y créanme, esto es de gran ayuda. Y un favor: cuando se vuelvan fuertes, ayuden a otros a volverse fuertes.

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